Sí que me acuerdo de la última creciente. Cómo no acordarme, digo. Claro, pues, es cierto, yo era muy chico, un gurisito apenas. Pero fue de no creer, con esos nudos de ñacaniñá en los camalotes y las pelotas de hormigas coloradas…Y arrasó con todo, sin lástima. Ni el techo les quedó a los vecinos, angá.
Y sí que me acuerdo, si en esa creciente, entre medio del desastre, de los troncos, de las ramas, del bicherío, del agua cada vez más sucia y más roja, también llegó la coronita. Con flores blancas y azules, como recién cortadas. No, qué iban a ser de plástico. Si todavía tenían perfume, che. Yo me tiré sobre el puentecito, allá en las piedras, y le manoteé justo cuando iba a dar la vuelta la correntada. Le miré un poquito, era tan linda, parecía que no venía en medio de la mugre y de los bichos…Pero no era pelota ni comida, y pa’ qué me servía…ya estaba por tirarle de nuevo cuando la Negrita me pidió que le regalara. No sé por qué no le mandé al diablo, carajo. Siempre molestando… ya se pintaba los labios y las uñas, y no quería jugar conmigo. Hasta había empezado a ir a los bailes…Pero era linda la coronita, y para qué desperdiciarla? Agarrá, le dije, y salí corriendo. La Negrita atajó las flores y se quedó un rato mirando el agua.
Me acuerdo que duró más de quince días la creciente. Y lo peor, era que seguía la lluvia. En una esquina del rancho, donde todavía estaba seco, las velas se derretían hora tras hora delante de los santos. Pero la lluvia no paraba. Y no había conchabo, ni plata, ni ganas de comer ni de hablar. Nos despertábamos con ese ruido en los oídos, con el miedo de tener que salir rajando porque el agua ya nos llegaba…
Y en medio de esa pobreza, entre las gotas que caían y la amenaza de la creciente, brillaba la coronita, con sus flores sin marchitarse, como el día en que le saqué del río. Algunos chismosos dijeron que era por la humedad, otros porque eran de una planta muy rara, del norte, de la selva, en donde las víboras son como árboles de gruesas. Alguien chusmeó que eran los colores de la Iemanjá, y que en las playas de Brasil le tiraban al mar esas ofrendas…
La Negrita no decía nada, solo escuchaba, pero se pasaba las horas mirando esas flores. Después se sentaba cerca de la ventana…No sé, estaba como diferente, pero a quién pa’ le importaba. Lo importante era salvarse de la creciente y salvar algo, si se podía.
Y cómo no me voy a acordar del momento en que paró la lluvia, caraí. Parecía imposible de creer, ese silencio, esa calma, después de estar tanto tiempo bajo el agua, como sapos. Y un ratito antes nomás, fue que yo le vi a la Negrita. Tenía su vestido blanco, el de la comunión, el que le había regalado su madrina, la vieja esa de la capital. Pero estaba descalza. Será que camina dormida, dije yo. Y me senté en el catre para mirarle. Despacio, se fue hasta el altarcito, agarró la corona y se la puso. Las flores seguían igualitas, parecían más lindas que antes. Y con más perfume. Después, dio media vuelta y se fue bajo la lluvia hasta el amarradero. Yo recién le llamé cuando estaba subiendo a la canoa, pero el viento era muy fuerte y no me escuchó.
Nadie salió a buscarla, el río tenía muchos torbellinos y correntadas. Y cuando, al rato, paró todo, era ya imposible encontrar algo.
Cómo no me voy a acordar de la última creciente…
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