Marcelinne sintió el impacto de su cuerpo sobre la cama y su cabello rojizo, con reflejos de cobre y oro, se abrió como una flor sobre la adormecida dulzura de la colcha de raso. Temblaba en silencio, fieramente, apretando con fuerza los labios, y toda su piel se estremecía en esa desnudez desconocida, esa clara desnudez ya profanada por la intermitente mirada, pero no cerró los ojos. Sabía, presentía lo que venía, y cerrar los ojos sería una forma de negarlo. Una forma de no estar, como cuando se despegaba del piso húmedo de la tarde y se dejaba llevar por el quieto murmullo del río. Ahora no. ¿Por qué la locura, por qué la pasión y el capricho de este hombre que me abraza? Apenas me ha visto un par de veces, al pasar, cuando vino a hablar con mi padre. Eran buenos los toros sementales de ese ganado que ya iba poblando los campos de la familia. Vamos a progresar, a crecer, a ser ricos. Era cuestión de trabajar, nomás, y de no mezclarse con esos criollos y esos indios haraganes. Y peor, esos brasileros malhablados y maliciosos… Pero mais que linda a menina, a francesinha, casi era toda una mulher, con ese pelo de fogo…
Sus trece años gimieron ante lo presentido y la soledad de lo inevitable. Su piel, lechosa y pura, piel de jazmín desgajado por la lluvia, exhalaba un perfume casi de licor de naranjas, y era como si toda la noche se hubiese adueñado de esa fragancia. Embriagado, enloquecido, el hombre que la había comprado pagando con buenas monedas de oro, la husmeó una y otra vez, mirando los senos pequeños, de paloma tenue y temblorosa bajo la calidez de su peso, la estrecha comarca de su cintura y el espacio claro y delgado de su vientre que se curvaba y se perdía en un incendio de suaves rizos salvajes.
Por fin e mia a francesinha… Qué embromar, podía hacer con ella lo que quisiera, para eso se había casado y pagado un buen precio para meterse en esa llamarada que lo atormentaba desde que la vio. Ni niña ni mujer, ahí, justo ahí, y él no era tonto para desaprovecharla.
Marcelinne sintió la presión de la mano entreabriendo las piernas y ni siquiera entonces taponó los ojos, contrariando las indicaciones de su madre. Solo tenés que cerrar los ojos, rezar y no pensar en nada más, suspirar muy rápido y esperar que pase. Esperar que pase... Recordó la fiesta y escuchó los acordeones hamacándose aún en el silencio de la madrugada. Algunos mangos caían, pesados y somnolientos, en la húmeda sombra del patio. Sintió en su boca el aliento del hombre y sin saber por qué recordó el gusto de los creppes de manzana que había aprendido a hacer una semana antes, cuando sus padres decidieron que debía casarse y comenzaron con los preparativos. Marcelinne ya no es una niña…Puede ser una buena esposa…No por ser colonos iban a mostrar la hilacha. Al contrario, había que hacerles ver a esos negros quiénes eran los Dejeanne. Que aprendieran, esos indios y esos mulatos, esas personas que no conocían otro territorio que esas tierras de la época de las misiones y mezclaban el castellano con guaraní y portugués, en una combinación aberrante. Ni siquiera hablaban bien su propia lengua, y querían a las hijas de los franceses. ¡Qué atrevimiento, qué osadía, qué…!¿Qué?
Son colonos, nao tein capital, y parece que as mulheres son mais…una chacra apenas…y es muy linda a menina, fina, pequeña, de tobillos delgados, y ese pelo de fogo, ese pelo vermelho…los dientes del hombre muerden una vez más la suave piel lechosa y Marcelinne se estira, mientras un nuevo placer comienza a despertar con urgencia, entre sus pechos aleteantes y erectos.
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