No hubo palabras
para declamar lo que sabíamos.
No hacían falta.
Me bastaba el círculo de luz
en las oscuras aristas de tus pupilas,
el fugaz aleteo de tus dedos
entreviendo, apenas, mi cintura,
las nacaradas ansias
de una noche de invierno,
el sollozo que en la garganta
se hace pájaro
para desplegar estrellas asombradas.
Todo eso
hablaba por nosotros.
Y lo sabíamos.
Sin palabras.
Sabíamos de amapolas calcinadas
en páramos inciertos e inestables,
de harapos que cayeron al crepúsculo
para desnudar la antigua soledad
de nuestras almas.
No hubo palabras.
Y sobre ese silencio construimos
una delgada comunión de amaneceres,
una pálida y bella luz de esperanza,
un recinto de encuentros invisibles,
una transparente vigilia de paz y madrugada.
Y fue así que no hubo palabras.
No hacían falta.
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