A J. L.
Sé que ni siquiera me viste. Qué podía importarte, con mis manos estragadas, mi ropa demasiado grande y mis zapatos sucios por el barro del puerto? Pasaste, impecable y lejana, con esa lejanía imposible de definir y de abarcar, que desde ese momento me escindió el alma. En medio del movimiento de los cargadores, del olor a pez podrido, de las últimas sirenas que partían…lejana y bella, con pasos ligeros, apurada, deseosa de apartarte de ese mundo que no era el tuyo y que te golpeaba, quizás, con un poco de saña , para obligarte a fruncir tu nariz de niña rica. Qué podía importarte si mi aliento se perdía detrás del sombrero de encaje para tratar de espiar un solo movimiento de tus ojos…Y como el lobo que soy, me fui replegando, consciente y avergonzado de mi tosquedad, de mi ignorancia, de mis manos rudas de arponero, de mi pobreza, que no era solo cuestión de vestimenta y de calzado…Con qué palabras hablarte? De nada servirían las canciones empalagosas con las que mi voz ya ronca endulzaba la noche de algunas miserables como yo, a cambio de unos besos…Cómo contarte ese sentimiento que me aleteaba en el pecho, cómo decirte de una manera bella y seductora que solo con tu sonrisa el viento se detendría?
Buscando esas palabras llegué a la biblioteca, consciente de mi ingenuidad pero también de lo inexorable de mis decisiones. Al principio era terrible, las historias se enredaban en mi mente y los conceptos se agigantaban tanto como corceles marinos, igual de esquivos y erradizos. Pero seguí, aún luchando contra el hambre, el cansancio y el frío en interminables noches, calentándome de a ratos con una taza de café y con el recuerdo punzante de tus ojos oscuros. Al principio, eras todo. Mi miseria se llenaba de tu perfume, y ensayaba una y otra vez las palabras para rozar tu piel, palabras que nunca fueron suficientes. Con amargura, noto que ni siquiera ahora lo son, cuando me he convertido, según dicen los críticos y mi cuenta bancaria, en el más conocido y requerido de todos los escritores de mi país.
Y luego, en la fiebre del oro, en el gran desierto blanco de Alaska, continué borroneando patrañas, mientras un horizonte de perros salvajes y de hombres crueles alejaba cada vez más la suave línea de tu cuello delgado…tanto, tanto, que ya es imposible recuperarte, apenas una sombra en los muelles de San Francisco, apenas una sombra para mi recuerdo…Y ahora que me hundo en este celaje de dolor que ya ni la droga consigue mitigar, mientras los espasmos inevitables intentan sumergirme en el abismo de la inconsciencia, te busco con el mismo afán de esos diecisiete años, como si en vos aún se agitara la vida, esa que me mezquinaste al no mirarme, esa vida que me fabriqué para vos, esa que no me alcanzó para…
Con esta misma voz cada vez más ronca, voz de lobo solitario y moribundo, te llamo y tu nombre solo es una llaga que se expande hacia el extraño abismo de la mar.
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